Nos vigilan, están en todas partes y, lo peor de todo, quieren contarnos cuentos.
miércoles, 10 de marzo de 2010
A petición de Uxue...
Comino y su DESEO gigante
Hola acarísimos, aquí os dejo mi cuentecillo. Al principio no sabía muy bien qué contar y ya veis, me habéis regalado unas palabras preciosas para la imaginación. Gracias.
Quería escribir algo para álbum infantil. Espero haberlo logrado.
Prometo dejar comentarios en vuestros cuentos durante esta semana. Sois estupendos.
Y para la que viene tenemos el vídeo de Uxue. A ver qué se nos ocurre.
Comino y su deseo gigante
Comino era tan chiquito, tan chiquito, que para él las estrellas estaban mucho más lejos que para el resto de la gente.
(Así comenzaba la historia... Siento quitarla del blog pero quería moverla un poco e igual me ponen pegas si está aquí publicada. Abrazote).
NiñoCactus
martes, 9 de marzo de 2010
Esta juventud...
El experimento del doctor Morelli
El experimento del doctor Morelli
El viento hacía girar las enormes aspas y movía las tripas del viejo molino. Los brazos eólicos generaban la suficiente electricidad para el experimento final. En el interior del improvisado laboratorio, la energía estática hacía que la hojarasca se elevara danzando por las escaleras. Tras varios intentos, Arturo Morelli había encontrado la solución para que su obra estuviera terminada; con su afilado escalpelo, trazaba una entrada en el pecho del cadáver.
Había probado con diversos corazones. Todas las pruebas fallidas no aguantaban ni un par de segundos con vida. «Esta vez lo lograré» se decía el doctor. Con un tensor metálico abría las entrañas del cadáver.
El cuerpo sin vida de Francisca descansaba sobre la camilla. Su rostro estaba marcado por el sufrimiento de otras vidas. Morelli acercó la lata de conservas esterilizada al pecho de la difunta. La lata estaba caliente, de su interior salía un débil tamborileo mecánico.
La operación se hizo larga y sufrida, como el trabajo bien hecho. Morelli conectó las arterias principales al corazón de hojalata. El flujo de la sangre empezó a resucitar. Cosiendo y remendando el cuerpo terminó la obra. El latir era débil, casi inexistente.
La dinamo central del molino escupía arcos eléctricos en las sombras. Unos largos cables, conectados al cuerpo de Francisca, llegaban hasta la pequeña tormenta almacenada por el molino. El doctor Arturo Morelli bajó la palanca de descarga.
Olor a carne quemada, silencio… Los parpados de Francisca temblaron antes de abrirse a la vida.
—¿Arturo? —preguntó la mujer con un hilo de humo entre los labios.
—Francisca, vida mía.
—Arturo… ¿dónde estoy?
—Tranquila, no te preocupes amor. Todo está bien.
—Recuerdo que —dijo la resucitada mientras su cerebro movía los engranajes de la memoria—… ¡me rompiste el corazón!
—Sí, pero no volverá a ocurrir. Tienes que perdonarme.
El corazón de hojalata no entendía de perdón, ni de amor; sólo de pimientos morrones.
TEXTOS ACARICIANTES
Un besazo, nanos.
Uxue
COSAS QUE CRUJEN
Al principio, todo fue cuestión de azar. Recuerdo que alguien se encaramó al alfeizar, otro empujó la ventana y, huyendo de aquel calor imposible, decidimos inspeccionar el molino. Charlie nos había prometido que encontraríamos piezas de hojalata con las que construir mi armadura. Y, claro, siempre tenía razón. Una vez tuvimos una discusión sobre por qué él era el guía de todas las expediciones y no hubo ninguna duda; sólo él había obtenido un diez en el examen de la señora Sullivan. En realidad, nadie había visto la nota, pero si Charlie decía que así era, no había más que hablar. Nadie se atrevió a llevarle la contraria y yo me encogí de hombros.
Aquella tarde me sudaban mucho las manos. El ambiente era pegajoso y la mochila, llena de palos y piedras que habíamos ido encontrando en el camino, se mezclaba con una película muy fina de chocolate que había comenzado a derretirse en su interior. Impacientado, Charlie se había adelantado un tramo y volvió triunfante a enseñarnos su hallazgo. Alguien había dejado un saco a medio cerrar y, ahora, todas las hormigas se turnaban en una hilera infinita, como si el hormiguero estuviera a varios kilómetros de distancia. Me imaginé a la hormiga reina, sebosa, rodeada de arroz, avena y comino, y sentí náuseas.
- Seréis nuestras esclavas- afirmó Charlie. Y, cogiendo una hormiga, la hizo crujir bajo sus dedos. Creo que fue entonces cuando empezó aquel sonido.
La tarde se tiñó de una piel densa y roja y comencé a preguntarme por qué no me había quedado en casa. Era como si algo estuviera a la espera. Pensé en la abuela preparando las tostadas del desayuno. En momentos de peligro, siempre pensaba en la abuela para tranquilizarme, pero esta vez no me sirvió de nada.
Justo antes de que se apagaran las luces, descubrimos un cartel de “PROHIBIDO EL PASO” y pensé por primera vez en quedar como un cobarde y salir corriendo, pero Charlie ya había empujado la puerta. Algo que me fastidiaba mucho era su manía de querer ser siempre el valiente, el primero en probar todo. En aquel momento lo odié con todas mis fuerzas. El idiota de Charlie.
No tuve tiempo de gritarle nada. Primero, nos sobrevino una luz azul e inmediatamente después, un zumbido casi metálico, insoportable y, de golpe, el respirar de mil libélulas bajo tierra.
Busqué a Charlie. Estaba en medio. Solo. Inmóvil. Rodeado de libélulas. ¡Corre! ¡Correeee! , quise decir mientras me lanzaba hacia la salida.
Lo último que recuerdo son sus lágrimas explotando contra todas aquellas alas diminutas.