Es el anciano que, sentado en la plaza del pueblo, te mira cuando pasas junto a él para intentar aveiguar de quién eres hijo. Es la chica del cuarto que siempre sube por las escaleras porque quiere hacer ejercicio. Es el chico serio que nunca te mira a la cara en el ascensor porque tiene vergüenza.
Son los desconocidos de todos los días, los que te cruzas sin siquiera darte cuenta, los que acabas saludando sin saber por qué, los que tienen una vida desconocida antes de verte cada día y justo después de salir de tu vista.
Ese es precisamente el ejercicio que os propongo. Coged a uno o varios de estos personajes y cread ese mundo del que son protagonistas y en el que tú sólo eres ese desconocido que a veces se cruza con él.
Nos vigilan, están en todas partes y, lo peor de todo, quieren contarnos cuentos.
Mostrando entradas con la etiqueta Ejercicio gimnástico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ejercicio gimnástico. Mostrar todas las entradas
lunes, 14 de junio de 2010
martes, 16 de marzo de 2010
Paseando contigo
Es casi una costumbre, me gusta pasear acompañado por ti. Vagar por el laberinto de calles arrastrados por la corriente.
Cuando el ruido del autobús se acerca hasta nosotros, me paro. Sin poderlo remediar, saltas de ventana en ventana entre los pasajeros. Jajaja, es como ver una película del cinexín a cámara rápida.
Seguimos paseando. Subimos por una pendiente y te arrugas hasta los talones. La subida te ha dejado como un enano borracho. Sacudes tus brazos al andar sin separarte de mí.
Con la luz de la mañana bajamos por la avenida. Entonces, te desenrollas como una alfombra para llegar primero a los sitios. Casi pierdo el aliento intentando alcanzarte.
Me recupero y enciendo mi pipa. Esperas mientras lanzas telarañas voladoras desde tu trompa, yo suelto humo de locomotora.
Mas tarde, cuento hasta diez y jugamos al escondite: te ocultas detrás de los árboles, te disfrazas de farola y escucho tu risa contenida cuando te encuentro.
Llegamos a casa. Entramos al oscuro portal y desapareces.
Este cuento es una idea para álbum ilustrado. Esta explicación sonará como alguien explicando un mal chiste después de ser contado, jejejje…
Esta semana tengo el ordenata estropeado y no os puedo mandar los bocetos, así que imaginaros vosotros un paseo acompañado por vuestra sombra cuando lo leáis otra vez.
En los dibujos se vería la sombra del hombre explicando mejor los sucesos de tan divertido trayecto. Espero que me entendáis y no me toméis por Don Quijote.
Cuando el ruido del autobús se acerca hasta nosotros, me paro. Sin poderlo remediar, saltas de ventana en ventana entre los pasajeros. Jajaja, es como ver una película del cinexín a cámara rápida.
Seguimos paseando. Subimos por una pendiente y te arrugas hasta los talones. La subida te ha dejado como un enano borracho. Sacudes tus brazos al andar sin separarte de mí.
Con la luz de la mañana bajamos por la avenida. Entonces, te desenrollas como una alfombra para llegar primero a los sitios. Casi pierdo el aliento intentando alcanzarte.
Me recupero y enciendo mi pipa. Esperas mientras lanzas telarañas voladoras desde tu trompa, yo suelto humo de locomotora.
Mas tarde, cuento hasta diez y jugamos al escondite: te ocultas detrás de los árboles, te disfrazas de farola y escucho tu risa contenida cuando te encuentro.
Llegamos a casa. Entramos al oscuro portal y desapareces.
¡Clic!
Pero siempre vuelves cuando enciendo la luz.Este cuento es una idea para álbum ilustrado. Esta explicación sonará como alguien explicando un mal chiste después de ser contado, jejejje…
Esta semana tengo el ordenata estropeado y no os puedo mandar los bocetos, así que imaginaros vosotros un paseo acompañado por vuestra sombra cuando lo leáis otra vez.
En los dibujos se vería la sombra del hombre explicando mejor los sucesos de tan divertido trayecto. Espero que me entendáis y no me toméis por Don Quijote.
sábado, 13 de marzo de 2010
Haciendo los deberes
Esta es mi particular visión sobre el vídeo de Jacques Derrida (o al menos, la primera que me viene a la cabeza):
CASI TREINTA AÑOS
Siempre salía de casa a la misma hora camino del trabajo. Llevaba ya casi treinta años haciéndolo.
- Buenos días, Don Tomás, - le saludaba la portera cada día.
- Buenos días, Doña Antonia, - contestaba él.
Al salir a la calle encendía su pipa, siempre el mismo ritual, y emprendía el trayecto. Estaba seguro de que, Dios no lo quisiera, si se quedara ciego, podría recorrerlo a oscuras hasta el final, sin ningún tropiezo. Conocía cada farola, cada banco, cada semáforo, cada árbol, cada puerta... hasta cada adoquín suelto o mal colocado en el suelo.
Cada día saludaba con un gesto de cabeza al dueño del bar, que tras el cristal le devolvía el saludo con la mano, mientras se afanaba en la barra con los primeros cafés; cada día compraba el periódico en el kiosko de Cosme, el de la esquina, mientras mirando al cielo, vaticinaban el tiempo que iba a hacer hoy; cada día aspiraba con fuerza el aroma a pan recién horneado al pasar por delante del horno.
Siempre idéntico recorrido, cruzando las calles por los mismos lugares, girando en las mismas esquinas, sorteando los mismos parterres..., día tras día, sin el más mínimo cambio durante casi treinta años.
Casi treinta años desde que se cruzara con ella, un solo instante, una mañana como cualquier otra. Apenas recordaba su cara ¿Cómo era su pelo?¿Cómo iba vestida? No sabría decirlo, pero cada mañana, desde hacía casi treinta años, buscaba sus ojos durante el trayecto, esperando volver a verla.
CASI TREINTA AÑOS
Siempre salía de casa a la misma hora camino del trabajo. Llevaba ya casi treinta años haciéndolo.
- Buenos días, Don Tomás, - le saludaba la portera cada día.
- Buenos días, Doña Antonia, - contestaba él.
Al salir a la calle encendía su pipa, siempre el mismo ritual, y emprendía el trayecto. Estaba seguro de que, Dios no lo quisiera, si se quedara ciego, podría recorrerlo a oscuras hasta el final, sin ningún tropiezo. Conocía cada farola, cada banco, cada semáforo, cada árbol, cada puerta... hasta cada adoquín suelto o mal colocado en el suelo.
Cada día saludaba con un gesto de cabeza al dueño del bar, que tras el cristal le devolvía el saludo con la mano, mientras se afanaba en la barra con los primeros cafés; cada día compraba el periódico en el kiosko de Cosme, el de la esquina, mientras mirando al cielo, vaticinaban el tiempo que iba a hacer hoy; cada día aspiraba con fuerza el aroma a pan recién horneado al pasar por delante del horno.
Siempre idéntico recorrido, cruzando las calles por los mismos lugares, girando en las mismas esquinas, sorteando los mismos parterres..., día tras día, sin el más mínimo cambio durante casi treinta años.
Casi treinta años desde que se cruzara con ella, un solo instante, una mañana como cualquier otra. Apenas recordaba su cara ¿Cómo era su pelo?¿Cómo iba vestida? No sabría decirlo, pero cada mañana, desde hacía casi treinta años, buscaba sus ojos durante el trayecto, esperando volver a verla.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)